Desde ahora me felicitarán Todas Las Generaciones (Lc 1,48b) por Jacobo Lama

Por Coral Medina, el enero 1, 2022

La Virgen María en el diálogo ecuménico e interreligioso.

Cuando hablamos de ecumenismo nos referimos única y exclusivamente a la búsqueda del ideal que nuestro Señor Jesucristo dialogó con su Padre en aquella conversación intra-trinitaria y pre-pascual: «que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» Jn 17, 21 Es decir, hablamos de la búsqueda de la unidad de los cristianos: ecumenismo, término que viene del griego y los antiguos romanos utilizaban para referirse a la totalidad de las tierras conquistadas por el imperio. En el hodierno diálogo ecuménico, aquella que “felicitarían todas las generaciones” es con todo un punto de inflexión.

María, mujer escogida por Dios para hacer posible la obra redentora que inició desde la Encarnación de su Verbo, pareciera ser hoy para los cristianos motivo de discordia y división, a pesar de que ella nos indica el camino y por el mismo nos lleva a su Hijo; como Madre de la Iglesia nos ampara y defiende a manera de hijos predilectos suyos. Entonces, ¿por qué esta aparente contradicción? No es la primera vez que escuchamos a un protestante por aquí, o a un protestante por allá referirse hasta con desprecio hacia nuestra Madre. Pero todo cobra sentido en aquella profecía hecha a Eva en el jardín del Edén, que vale tanto para aquel que aplasta la cabeza de la serpiente, nuestro Señor Jesucristo, como para aquella Mujer y su descendencia, para quien Dios pondría enemistad con la serpiente. (cf. Gen 3, 15) A María le huye Satanás. Para él es causa de odio y desesperación, y por eso una de sus grandes tentaciones hacia los cristianos siempre será ese desprecio por la Madre del Mesías, el Redentor que en su obra redentora le aplastó la cabeza.

Pero María no puede seguir constituyendo un obstáculo para el diálogo ecuménico, antes bien debe favorecer el encuentro, pues es imposible una teología cristiana sin una referencia continua a la persona de la Virgen María y a su papel en la historia de salvación. Las divergencias sobre los dogmas marianos con otras confesiones cristianas son hoy más de formulación que de contenido. La polémica anti mariana y el rechazo total de María por parte de la reforma protestante ocurrieron como reacción al grandioso movimiento mariano, sobretodo a partir de siglo XVII cuando el Occidente católico se volvió apasionadamente devoto de la Virgen, con no pocos excesos y algunas indebidas absolutizaciones, algo de lo que somos conscientes hoy en relación a las prácticas de no pocos católicos a causa de una desinformación o más bien falta de formación. El mismo san Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Mater reconocerá que existen en algunos católicos “no leves discrepancias de doctrina en torno al misterio y al ministerio de la Iglesia y a las funciones de María en la obra de la salvación (n. 30) Pese a esto, con el Oriente cristiano la cosa cambia: estamos en profunda sintonía. La Iglesia ortodoxa ha conservado la mariología clásica de la Iglesia antigua y le ha dado expresión y lugar en la liturgia y en el calendario festivo, aunque con un paradójico desequilibrio: mientras María está omnipresente en la piedad popular y en la liturgia, está casi totalmente ausente en la reflexión teológica, cosa que no ocurre en la teología católica contemporánea. 

Por lo mencionado anteriormente podríamos llegar a una primera conclusión: en cuanto al diálogo ecuménico, la discordia no la traería en sí misma la persona de María, sabiendo todas las implicaciones no solo de carácter doctrinal y sobretodo espiritual, sino más bien nos enfrentamos a un problema mariológico: María pertenece al Evangelio y esto lo reconocen todas las confesiones cristianas. Es una persona sencilla, humilde, caritativa, llena de fe y de gracia, valiente y fuerte en el dolor, que atrae la simpatía y el amor de todos. Los problemas han surgido de la doctrina teológica que se ha ido tejiendo en torno a ella y de las prácticas de culto de que es objeto; lo que la Iglesia enseña de María es verdad de fe y las prácticas cultuales aprobadas si son bien entendidas tal vez no representarían un problema. Sin embargo, la dificultad recae en la libertad que permite a muchos hacer lo que no corresponde y llegar a vivir de falsa piedad mariana, falsa devoción mariana y peor aún, falsa doctrina.

Es menester ahora que nos refiramos al diálogo interreligioso, como interacción, cooperación entre personas de diferentes tradiciones religiosas. Para nosotros los católicos, el diálogo interreligioso se realiza con aquellas confesiones no cristianas. Aquí, a diferencia del diálogo ecuménico, la figura de María se constituye más en puente que en división. 

En primer lugar recordemos a la María hebrea. Si bien es cierto que tanto María como Jesús fueron judíos, por el hecho de que la mesianidad y la divinidad de Jesús son rechazadas por el judaísmo, y de alguna forma Jesús ha estado ignorado desde siempre, estas actitudes de rechazo se extienden también a sus discípulos, apóstoles y familiares. En los últimos siglos algunos estudiosos han intentado recuperar parte de la doctrina de Jesús como doctrina judía, sin aceptar aún los puntos de fe que constituyen la esencia del cristianismo. Aquello que sobre todo en el campo católico caracteriza el culto de María como madre de Dios y madre sufriente, aparece extraño e incompatible. El arzobispo Francesco Goia en su libro “María, madre de la palabra, modelo de diálogo entre las religiones” dirá citando a su vez la Lumen Gentium 55: «las diferencias existentes deben posponerse a los múltiples puntos que unen para justificar no solo el diálogo, sino para instaurar un clima de Amistad… el Concilio Vaticano II, tras subrayar las raíces hebraicas de María, le atribuyó un nuevo título llamándola “Excelsa hija de Sión”» Reconocida por algunos autores judíos también como mujer virtuosa, consagrada, que canta para Israel, y ante el trágico dolor de la muerte de su Hijo como signo de gran esperanza mesiánica (Lea Sestieri) nos pone en camino a judíos y cristianos a recordar que en el proyecto providencial de Dios, somos hermanos, y sobretodo, como dirá san Juan Pablo II, los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe.

En otra latitud, nos enfocamos ahora en el budismo. Este, en sentido estricto y original no habla de un Dios, por lo que no podría hacer lugar a una figura que correspondería a la Virgen María. El budismo exalta el amor de compasión maternal, como canta un antiguo Sutra: “igual que una madre ama y defiende a sus hijos amados con el precio de su vida, así ustedes, oh monjes, deben cultivar sin límite la virtud de la benevolencia-compasión hacia todas las cosas vivas.” Esto dio lugar a la aparición y difusión del concepto del Kannon-Bosatsu o bien, Buda-madre, la compasión infinita, con el surgimiento de muchos templos dedicados, convirtiéndose en lugares preferidos por las peregrinaciones budistas. Es interesante ver que muchos budistas, cuando van de visita a Europa, escogen Lourdes como su lugar favorito de peregrinaje. La imagen de María, madre y sostén de la humanidad herida por el pecado, atrae muchos corazones budistas. Y muchos conversos del budismo que fueron perseguidos en Japón durante los primeros tres siglos de cristianismo en esas tierras, mantuvieron su fe alrededor de pequeñas estatuas de María que recuerdan a esta Kannon, pero que en realidad eran veneradas como la Bienaventurada Virgen María con el niño Jesús en sus brazos. Así pudieron escapar de sus autoridades. Es el proceso de purificación cultural y cultual que la Iglesia emprende, evitando caer en sincretismos.

Llegando al hinduismo, conjunto de creencias más que religión, Jesús es una figura muy respetada. Los hindúes lo reconocen como enviado de Dios, pero no como la única revelación de Dios o el único enviado, ya que para ellos Dios se revela constantemente en distintas formas. Sin embargo, la referencia a su Madre no está presente, por lo que es mas bien indiferente. Esto no ha impedido que María sea causa de conversión ya que muchos, ante la imagen de esta “Señora muy humilde, rodeada de velas” como narra una mujer hindú que la vio en sueños, reconocen lo sobrenatural y a la vez se dan cuenta de que no pertenece a su panteón de dioses. Atraídos por María han recibido el bautismo y los demás sacramentos y hoy son cristianos, miembros del Cuerpo de Cristo, de su Iglesia.

Finalmente, quiero referirme a la especial relación de María con el islam. Los musulmanes ven en María un faro y modelo de fe auténtica y ejemplar. Es impresionante el hecho que el Corán, libro fundamental del islamismo, menciona el nombre de María treinta y cuatro veces, o sea, ¡más que en los Evangelios! Es reconocida como: flor mística, virgen, santa, libre, en diálogo con los ángeles, devota, sabia, modelo para todos los hombres de todas las religiones, receptora de la Palabra de Dios, la elegida del Señor y excelente ejemplo. Antes de nacer, María es confiada a Dios por el voto de su madre (Sura 3, 35), está bajo la protección de Dios, contra el mal, contra Satanás (Sura 3, 36), desde muy joven fue confiada a Zacarías, el santo profeta de la época, que se asombró de los dones milagrosos que recibió. (Sura 3, 37 – 3, 39) Aparece sola, sin la presencia de san José. Es la virgen del Corán, (Sura 3, 46 – 3, 47) es la Madre de Jesucristo y es un modelo para seguir, para musulmanes, cristianos y todos aquellos que buscan un ejemplo perfecto de fe y verdad (Sura 66, 12) 

Hoy son muchos los musulmanes que al visitar los lugares de Tierra Santa, muestran una gran devoción a María. Así lo manifiestan tantos que van a la casa donde la tradición cuenta que vivió junto al apóstol san Juan en Éfeso. La mayoría de los musulmanes la ven como una de las mujeres más justas que han vivido, y una minoría la ven como verdadera profetisa. Las mujeres musulmanas la tienen como un ejemplo a seguir. De todas las religiones no cristianas, el punto de mayor de acercamiento lo tiene el islam con el catolicismo gracias a la figura de la Virgen María. Y es aquí donde, sin importar las diferencias de credo o contenido doctrinal, se cumple la profecía que la misma María hiciera sobre sí misma: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» Lc 1, 48b. Como afirmó papa Benedicto XVI: «La Madre del Señor profetiza las alabanzas marianas de la Iglesia para todo el futuro, la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. Al alabar a María, la Iglesia no ha inventado algo «ajeno» a la Escritura: ha respondido a esta profecía hecha por María en aquella hora de gracia. Y estas palabras de María no eran sólo palabras personales, tal vez arbitrarias… Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la «Santa» que se convirtió en su morada en la tierra, María… Nosotros podemos alabar a María, venerar a María, porque es «feliz», feliz para siempre.» (Homilía en la Solemnidad de la Asunción – 15 de agosto de 2006) 

Madre de la creación y de la humanidad, ruega por nosotros.

Jacobo Lama Abreu

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