Viviendo por la fe y el amor de Dios

diciembre 1, 2022

Desde muy joven, aunque visitaba la iglesia, en algunos momentos sentía que Dios se había olvidado de mí. Cuando era apenas una adolescente, mi padre murió, por lo que crecí con un vacío de su presencia que aún no supero. Luego tuve dos embarazos y los perdí, situación que me dejó mucho dolor y me encerré en mí misma, pues pensaba que había sido un castigo de Dios. No obstante, tengo una madre que me ama y a quien amo con locura. 

En el mes de agosto de 2019, Dios permitió que viviera otra prueba difícil, afortunadamente nunca perdí la esperanza, pues a pesar de que era una situación difícil para mí, sabía que a través de ella, Dios me haría más fuerte. Todo comenzó con una leve gripe, luego vértigos, después una tos moderada. Una cosa sustituía la otra. Pero, los síntomas que verdaderamente activaron la alarma de que algo serio estaba pasando, fueron el dolor corporal horrible y la significativa pérdida de peso que experimentaba. Recibí diagnósticos de neumonía, tuberculosis, hernia diafragmática, miastenia gravis, derrame pleural pericárdico, colapso leve del pulmón izquierdo, una trombosis en las venas y linfoma difuso de células B grandes. Y aunque cada resultado era más complejo e incierto para mi vida, yo solo me aferraba a la certeza de que Dios puede cambiar cualquier diagnóstico. 

Recuerdo y agradezco que, durante mi trayecto por los centros de salud, siempre alguien oraba por mí; y a pesar de que al principio de cada diagnóstico viví momentos difíciles, a la hora precisa, Dios siempre me dio las fuerzas que necesité. Por lo que, no tengo dudas de que esto sucedió para que se manifestara en mí la gloria de Dios y confirmara que Él nunca deja de amar a sus hijos. Él abre puertas en el tiempo justo, ni antes ni después. Sentí su cuidado y su gracia en todo momento. 

Cuando una puerta se abre es porque es la correcta para el aprendizaje que se necesita, otras cierran porque no son las que nos convienen, al menos en el momento. Digo esto, en virtud de que en las ocasiones en las que me iban a realizar la cirugía, que según los médicos era lo que me iba a dar mejor posibilidad de vida y que era urgente realizarla, siempre pasaba algo que hacía que la suspendieran; más adelante entendimos el porqué, pues mi verdadero diagnóstico era cáncer y no era operable. Muchas personas que me veían murmuraban: “Ella va a morir”, pero solo Dios tenía y tiene la última palabra. 

Como es normal, el cáncer no solo me afectaba a mí, también mi familia y amigos sufrían conmigo. Aquí la angustia e impotencia se hacían una, y la cruel realidad de ver cerca a quien pensaba lejos y ver lejos a quien creía tener cerca, resultaba compleja. No obstante, todo lo que necesitaba siempre llegaba, por lo que soy testigo de que “Dios siempre provee”

Asimismo, doy gracias a Dios, a mi familia y a los médicos, de la oportuna atención que recibí. El personal de los centros de salud que visité actuaron de muy buena manera, los médicos se dejaron guiar por Dios. Mi familia, y en especial mis tres tesoros, me dieron la fuerza para seguir adelante. 

Toda persona, como hija de Dios, y en especial si está necesitada de salud, debe mantener siempre la fe en Él. Pues, cada día, Él nos regala una mañana donde confirmamos que no todo está perdido. Y si nos toca partir de este mundo nos iremos con Él. 

Muchas personas pensaron que no lo lograría, ya han pasado 3 años y seguimos contando. Por lo que, aprovecho estas líneas para agradecer a Dios por la segunda oportunidad que me sigue brindando; a mi familia y amigos por su amor y gran apoyo, y a los especialistas y todo el personal médico, que con tanta dedicación y entrega me han asistido durante todo este proceso, del que aspiro pronto poder decir: “prueba superada”. La clave es nunca perder la fe y todo ponerlo en las manos de Dios. 

 

– Luisa María Gómez L.

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