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TESTIMONIOS DE LUZ
Testimonio de Luz – Maritza Josefina Coss «La Misericordia de Dios»

Octubre 08, 2021: Recibo una llamada de mi hija Carmen Luisa: Mami, por favor escúchame un momento.  Esa forma no era usual en ella, por lo que me llamó la atención: “Me diagnosticaron un tumor en la cabeza y tengo que operarme”.  Perturbada  le dije: ¿tú estás segura? Sí, voy camino al neurocirujano que me está tratando. A seguidas recibí dos llamadas: su hermana y su papá. ¿Qué haremos? Respondí: escuchar la opinión de otros profesionales y ponerlo todo en las manos de Dios. De todos modos, él me dijo: “Si hay que operar, prefiero que sea en USA. Ella tiene seguro internacional y así minimizamos riesgo, porque la tecnología allí es más avanzada”. Todo eso,estaba en nuestras manos poder hacerlo; pero, protegerla y asegurar su vida con el éxito de la cirugía, solo Dios en su absoluta soberanía tenía poder para ello.    

La opinión del Dr. José Joaquin Puello, Neurocirujano, coincidió con la del Dr. Santiago Valenzuela que la estaba tratando. Desde ese momento, sentí haber empezado a cargar una cruz muy pesada; la angustia y el temor a lo desconocido, me golpeaban. No sabía qué hacer, ni qué decir. Vino a mi mente la subida de Jesús, camino al Gólgota, con el madero de la cruz. Por otro lado ese año, me tocó vivir otro momento difícil; aunque también, por la Gracia y la Misericordia de Dios, mi madre con 97 años, no vidente, hipertensa y sin vacunar, superó el Covid. 

A partir de entonces, decidí  refugiarme en el silencio de María;  orar, pedir fortaleza y estar atenta a la voz de Dios. Tenía que ser fuerte, trasmitir confianza, fe y seguridad de que en las manos de Dios, todo saldría bien. 

Hay cosas que suceden en nuestras vidas y no entendemos el por qué y para qué.  Pablo nos alienta, y en su carta a los Romanos (8, 28) nos dice: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todo las cosas son para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito. Pasaron los días y una noche se echó en mis brazos y llorando me dijo: “Mami, tengo miedo”. ¿De qué? le dije. “De morirme”, respondió. Le dije: “Dios está contigo, no tengas miedo, ten fe que Él siempre estará contigo y yo también”.  Pablo nos dice: “En la vida y en la muerte, somos el Señor”; y el Profeta Isaías dice: “Antes que te formaras en el vientre de tu Madre, ya te conocía, te puse nombre, mío eres. Con mi corazón hecho pedazos, decía cosas que solo Dios podía ponerlas en mi boca.  

Seleccionamos el hospital y el doctor, y en una semana ya estábamos en Baltimore, con cita previa y fecha probable para la cirugía. ¡Bendito sea Dios!  Comenzamos a ver las manos de Dios obrar. Primero nos fuimos ella y yo.  Subiendo y bajando calles, escaleras y edificios; empecé a vivir mi desierto, apartada de todo y todos. Cada momento, era una experiencia que debilitaba mis piernas. ¿En quién apoyarme? ¿A quién iré Señor, si solo Tú, tienes Palabras de Vida eterna?  Recordé estas Palabras de Jesús: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz”. La resequedad jamás desapareció de mi boca.  “Tengo Sed”,  dijo Jesús en la Cruz; el amargo sabor que sentía, era como el vinagre con el que mojaron sus labios.  No tenía nada que hacer, solo abandonarme en los brazos de Jesús. 

A los 5 días de nuestra llegada a USA, llegó su hermana, quien fue mi cirineo en ese momento; y dos días después, estaba toda la familia. No hay mayor tranquilidad para un enfermo que el respaldo y el apoyo de su familia. El acompañamiento con las oraciones continuas de mi grupo “Los Amigos de Jesús”, la gran Comunidad Parroquial del Divino Niño Jesús; amigos, y relacionados, nos ayudaban a mantenernos firmes en la fe. Los mensajes y llamadas, que recibíamos a diario dándonos ánimo, fueron el desborde del Amor de Dios.  Gracias, Señor.  

Comencé la novena a Santa Faustina, para terminarla justo el día de la cirugía. El 25 de octubre, a las 12:15 pm. Todo cuanto pedimos y nos es concedido, es por la Gracia y la Misericordia de Dios.  Ese día no probé alimento alguno; fue el más auténtico ayuno que he podido entregar al Señor. A las 5:15 pm, salió el doctor y nos dio la gran noticia: “Madre, todo está bien. Ella está bien. Le avisamos en 2 horas para verla en cuidados intensivos”.  

Dios nos dice: «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad». De manera que no hay otro a quien agradecer y enaltecer sino a Dios. No somos dueños de nada, nada nos pertenece,  todo cuanto tenemos es pasajero. La vida nos cambia en fracciones de segundos. Mi hija es primero hija de Dios antes que mía; por lo tanto, su amor es más puro y más fuerte que el mío; su cuidado, superior al mío; su sabiduría, inalcanzable y su poder, superior a todas las cosas porque Él las creó. Ante cualquier dificultad, simplemente doble sus rodillas, inclínese reverente y suplique a Dios su piedad y misericordia, que no tienen limites, y Él se place en regalárnoslas. ¡Gracias, Señor! 

 

Maritza Josefina Coss

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