En junio del año 2024, tras presentar una inflamación en el vientre, decidí acudir a mi ginecóloga para evaluar qué estaba ocurriendo. Durante el estudio ecográfico, ella detectó una masa a nivel de los ovarios que estaba creciendo de forma rápida y que no había sido visualizada en estudios anteriores. Ante esta situación, me refirió a un cirujano en la Clínica Abreu, Santo Domingo, con la intención de realizar una intervención robótica.
Al llegar a la consulta con el especialista, él revisó todos mis estudios y me preguntó si había sido intervenida anteriormente. Le expliqué que sí, que en julio de 2023 me habían realizado dos laparoscopías con el objetivo de tratar problemas de fertilidad: primero por obstrucción en ambas trompas y luego por la presencia de miomas y pólipos. Durante tres años había intentado quedar embarazada sin éxito, pasando por distintos tratamientos y procesos médicos.
Luego de escuchar mi historia, el doctor expresó que no estaba completamente de acuerdo con lo que mostraban los estudios. Consideraba que, por la cercanía de los órganos femeninos, el diagnóstico podía no ser preciso, por lo que recomendó realizar una miomectomía abierta en lugar de otra laparoscopía. Incluso se comunicó directamente con mi doctora para explicarle su criterio. “Dios lo usó como instrumento, pues un médico que no era ginecólogo cómo iba a detallar con tanta precisión lo que estaba ocurriendo en mi cuerpo, ya que todo lo que me dijo en su breve consulta, fue exactamente lo que se evidenció en la cirugía”.
En julio de 2024, un mes después, fui intervenida quirúrgicamente en la Clínica Abreu. Durante la operación, confirmaron la presencia de seis miomas pediculados. Luego de un mes de recuperación, en la consulta de seguimiento, la doctora me expresó que estaba casi segura de que nunca hubo un problema real de fertilidad, sino que los miomas habían sido la causa principal, y no fueron detectados a tiempo. Me indicó cuidarme y que esperara seis meses antes de intentar un embarazo.
Durante todo este proceso, especialmente en el año 2024, mi fe fue mi mayor refugio. Me aferré a la oración, pidiendo sanidad y la oportunidad de ser madre. Sin embargo, la segunda intervención de ese año fue muy frustrante, ya que el procedimiento esperado no se realizó como debía, lo que me llevó a un estado de tristeza profunda, un tanto cercano a la depresión. No entendía por qué, después de tanto esfuerzo, nada parecía dar resultado.
En medio de ese dolor, un día, mientras oraba y lloraba en la sala de mi casa, le preguntaba a Dios por qué estaba pasando por esa situación. No encontraba sentido. Fue entonces cuando, en lo más profundo de mi oración, escuché claramente en mi corazón:
“Planes de bien tengo para tu vida, y tú darás testimonio de lo que yo voy a hacer.”
Tiempo después, en el año 2025, tras esa tercera intervención quirúrgica, recibí la noticia de que estaba embarazada. No lo podía creer. Sin embargo, el embarazo inició con riesgos, ya que tenía poco tiempo de haber sido operada. Me indicaron reposo y medicamentos, especialmente progesterona. Los primeros dos meses tuve mucho miedo e incertidumbre. Preferí guardar silencio, sin compartir la noticia, porque tenía temor a perder el embarazo.
Durante ese tiempo, experimentaba dolores constantes y, aunque seguía en oración, muchas veces lo hacía desde el miedo. Hasta que un día, nuevamente en oración, sentí en mi corazón estas palabras: “Puedes decir que estás embarazada, porque él va a nacer.” Esto trajo nuevamente paz a mi corazón.
Con el paso de los meses, surgieron nuevas complicaciones. Al quinto mes, detectaron resistencia en las arterias uterinas, lo que requería medicación constante. Tal como lo habían previsto, al sexto mes la situación empeoró, y poco después también se vio comprometida la arteria umbilical, poniendo en riesgo la continuidad del embarazo.
A pesar de los pronósticos médicos, me mantuve firme en la oración. Aunque sentía temor, mi fe seguía creciendo. También enfrentábamos una gran preocupación económica, ya que, de adelantarse el nacimiento, el bebé podría necesitar cuidados intensivos neonatales, con costos muy elevados. En medio de esa angustia, recibí una palabra, a través de una persona de fe, que me dijo “hermana Dios es dueño del oro y de la plata”, no te preocupes. Esa palabra fortaleció aún más mi confianza, la tomé como que venía directamente de la boca de Dios; nunca me faltó un peso para un estudio ni un tratamiento, Dios seguía en control y teniendo especial cuidado de mi hijo y de mí.
En las últimas semanas del embarazo, tuve que someterme a controles médicos interdiarios y a tratamientos costosos. Cada día era un reto, pero también una oportunidad para confiar más en Dios.
El 10 de marzo del año 2026, durante uno de esos controles, los médicos determinaron que debían interrumpir el embarazo debido a una restricción de crecimiento y a que el bebé ya había descendido. Programaron una cesárea para el 13 de marzo, con altas probabilidades de que el bebé necesitara cuidados intensivos.
Sin embargo, mi fe no se debilitó. Aunque escuchaba cada diagnóstico, algo dentro de mí se negaba a aceptar un desenlace negativo. Me aferré con más fuerza que nunca a las promesas de Dios, creyendo firmemente que Él tenía el control y que mi hijo nacería en completa normalidad.
El día 12 de marzo de 2026, fui ingresada en el centro médico, lista para lo que sería el cumplimiento de una promesa que había comenzado mucho tiempo atrás.
Ese día, ya ingresada en la clínica, recibimos una llamada del servicio de recién nacidos. Nos explicaban los costos que implicaría el posible ingreso del bebé a la unidad de cuidados intensivos neonatales, los cuales ascendían entre 3 y 4 millones de pesos dominicanos. Nuestros seguros solo cubrían hasta 2 millones. En ese momento, con honestidad, respondí que no contábamos con ese dinero y que debíamos esperar el nacimiento para saber cómo proceder. Aun así, el personal insistía en detallarnos los costos, lo que aumentaba la presión y la preocupación.
Continué orando sin cesar. Pedí apoyo en oración a mis amigos, a mi familia y a distintos grupos de fe. Se levantaron cadenas de oración. Fueron días y horas difíciles, casi sin dormir, pensando tanto en la salud de mi bebé como en cómo enfrentaríamos la carga económica. Sin embargo, en medio de ese temor, había una paz inexplicable que me sostenía y me impulsaba a seguir adelante.
Hubo un momento en el que mis fuerzas flaquearon, pero nuevamente, en oración, recibí una palabra que me levantó: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque yo, tu Dios, estaré contigo dondequiera que vayas.” Cada palabra que recibía era un impulso, una confirmación de que no estaba sola.
Aunque los gastos aumentaban —incluyendo la necesidad de conseguir códigos médicos para la cesárea, ya que mis doctores no contaban con ellos— también aumentaba el respaldo. Dios se manifestaba a través de familiares, amigos y personas cercanas que estuvieron presentes en todo momento.
La madrugada del día 13 de marzo llegó entre oraciones constantes. Cuando finalmente me llevaron al quirófano continuábamos en cadena de oración. Todo estaba en manos de Dios.
A las 9:03 de la mañana, en el momento en que los médicos realizaron la cesárea y sacaron al bebé, escuché su llanto. Ese sonido fue la respuesta a todas mis oraciones. En ese instante supe que todo había salido bien.
Durante el embarazo, hubo situaciones médicas que desafiaban toda lógica. Recuerdo que, cuando se complicó el flujo en la arteria umbilical, uno de los especialistas no creía en el tratamiento indicado. La medida había alcanzado 4.45mUI/L, cuando lo normal debía ser 0.90mUI/L. Aun así, decidí tomar cada medicamento con fe, orando y pidiéndole a Dios que fuera Él obrando a través de ese tratamiento.
Dos días después, cuando me repitieron el estudio, el resultado había bajado a 1.10mUI/L. La doctora, sorprendida, repitió la prueba y obtuvo el mismo resultado. Posteriormente, el mismo especialista que dudaba del tratamiento realizó otra evaluación y encontró que el valor había bajado a 0.90mUI/L, completamente normal. Él mismo expresó que, aunque se consideraba un hombre de ciencia, lo que yo estaba haciendo debía seguir haciéndolo. Y lo único que yo hacía era orar y creer.
Aunque los médicos me habían indicado reposo absoluto, no me fue posible cumplirlo, ya que debía seguir trabajando para cubrir los gastos. Aun así, Dios obró de maneras que iban más allá del tema médico.
Mi hijo nació el 13 de marzo de 2026, con bajo peso y tamaño – 42 centímetros y 3 libras con 10 onzas -, pero completamente estable. Inicialmente, me indicaron que permanecería en incubadora, pero para la gloria de Dios, al día siguiente, 14 de marzo, ya estaba conmigo en la habitación. No necesitó máquinas, no presentó complicaciones, y su evolución sorprendió a todos los médicos. El 15 de marzo fuimos dados de alta. Hoy, al cumplir su primer mes de vida, ya está cerca de las siete libras. Es un bebé sano, fuerte, y es la evidencia viva del poder de Dios.
Este proceso me enseñó que Dios es fiel, que cumple sus promesas y que su propósito siempre es mayor de lo que podemos entender. Un año antes de todo esto, Él me había dicho que daría testimonio de lo que Él iba a hacer. Yo pensé que el milagro sería solo quedar embarazada, pero el verdadero testimonio fue cada etapa del proceso: cada dificultad, cada provisión, cada respuesta inesperada.
Hoy puedo decir con certeza que Dios estuvo en cada detalle: en la sanidad, en la provisión, en la protección y en la vida de mi hijo. Él nunca me dejó, nunca soltó mi mano, y en medio de todo pronóstico, siempre tuvo la última palabra. Y hoy, con un corazón agradecido, doy testimonio de su milagro, mi hijo Alonso Jeremías siempre estuvo y estará bajo la voluntad de Dios, la cual es buena, agradable y perfecta.
Que toda la gloria sea dada al Dios de pactos y que cumple promesas.
– Jisell Urbina Machado







